En particular
las personas sordas en su desarrollo enfrentan prejuicios y barreras
discriminatorias que despliegan sobre ellas la sociedad, y en muchas ocasiones,
la propia familia. Está comprobado que los niños que han nacido con estas
características, al relacionarse con sus familiares significativos expresan sus
sentimientos con gestos similares a los oyentes de las mismas edades
(Rodríguez, 2004). Por ejemplo, su sonrisa o llanto, su mímica al fruncir las
cejas como expresión de escepticismo, o el arrugar la nariz, etc. Sin embargo,
en la medida en que crecen y los adultos encargados de estimular y conducir su
desarrollo no logran mantener una comunicación, como suele hacerse con otros de
la misma edad -pero que no presentan sordera-; el pequeño puede ver limitado su
lenguaje, cultura, el desarrollo de su personalidad y su adaptación al medio.
Dicho proceso se inicia en la familia y demanda de la preparación para
enfrentarlo acertadamente.

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